Un pueblo lleno de dignidad

haitiana
por Miguél Ángel Tobías

Tras nuestra estancia en Puerto Príncipe y en diferentes zonas devastadas de Haití hemos encontrado una realidad mucho más dura de lo que esperábamos y una grata sorpresa: la dignidad con la que un pueblo destrozado, el haitiano, lucha por sobrevivir.

Desde que volví todo el mundo me pregunta lo mismo: ¿Cómo está el tema de la inseguridad por Haití? ¿Habéis estado en alguna situación de riesgo? Y yo contesto siempre lo mismo: pues claro que hemos estado en situaciones de riesgo. Hemos visitado las zonas más castigadas por el terremoto y hemos buscado todo tipo de testimonios de la tragedia . Pero eso sí, realmente, y pese a la realidad que han reflejado los medios aquí en España, en ningún momento nos hemos sentido amenazados por ningún haitiano sino todo lo contrario.

La pura verdad es que allí la gente lucha por un puñado de comida o un poco de agua y despierta sus instintos más básicos pero, al margen de esos hechos –siempre ocurridos en alguna cola de reparto de comida- , la realidad es que hemos conocido a muchos haitianos que nos han ayudado en diversos momentos del documental. Y tengo muchos ejemplos.

En un ghetto de chabolas como el barrio de Simón Pele si alguien te empujaba o dificultaba la grabación siempre pronunciaba un sincero “excuse me”. Grabando delante del Palacio Presidencial una manifestación religiosa con cientos de fieles un hombre de unos 50 años me cogía de la camiseta, yo le decía que estaba grabando y el volvía una y otra vez. Y así fuimos dando la vuelta a todo el Palacio. Cuando 20 minutos más tarde paramos el hombre se me acercó balbuceando algo en “creole”. Yo lo iba a apartar de nuevo cuando vi que me ofrecía un móvil. Después de un instante me di cuenta de que era mi teléfono y entendí lo que pasaba. El hombre no me pidió nada (ni comida, ni agua, ni dinero). ¡Tan sólo quería devolverme el teléfono que había visto cómo se me caía 20 minutos antes!

Y hemos visto protagonistas que no habían bebido ni una gota de agua desde hacía más de un día o gente herida que se aguantaba el dolor y nos agradecía con una sonrisa que estuviéramos allí para dar a conocer el mundo la vida cotidiana de la gente de Haití y no tan sólo las escenas de violencia. He visto cómo 8 o 9 personas se repartían una botella de agua o un puñado de leche en polvo sin violencia alguna, gente lavándose en un charco de agua infestado de basura, gente arreglándose el pelo con las manos o lavando su única camisa hecha un trapo como si fuera un tesoro. O miles de personas en los campos de refugiados que arreglan sus tiendas con la delicadeza que uno arregla su casa. Es todo lo que tienen. Y lo más sorprendente es que cuando te acercas a uno de ellos y les preguntas cómo están siempre te regalan una sonrisa y te ofrecen lo poco que tienen: un poco de pollo frito, su tienda, una sombra en la que protegerse del sol…

La conclusión esta clara: nos ha sorprendido la dignidad del pueblo haitiano. Su enorme generosidad y su innata capacidad de resistencia y de lucha frente a la adversidad. El terremoto los ha convertido sin duda más que nunca en una isla que se hunde pero ellos no se rinden ni se rendirán nunca. Esa es la forma de ser de los haitianos.

Ahora me voy, nos vamos, con la sensación de haber dejado allá buenos amigos y mejores personas: Camile, Chantale, César, Sor Natali, Jackson, Romel, Mizette… Todos ellos son una parte de nuestro documental. Testimonios directos de la actual realidad haitiana. Y también, la voz de la dignidad desde el infierno. Nuestro deber como profesionales y humanos era conseguir que sus voces se oyeran.

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